Un juguete que no encaja, unos deberes imposibles, un amigo que no quiere jugar… Desde fuera nos parecen detalles, desde dentro son mundos enteros. La infancia no es solo aprender a leer y sumar.. Es también aprender a hacer frente a lo inesperado, a tolerar la frustración, y a intentarlo otra vez. Resolver problemas no es una habilidad académica, sino una forma de construir seguridad en sí mismo.
Cada vez que un niño descubre que puede encontrar una salida, aprende algo más importante que la solución: aprende que es capaz.
El valor de “no me sale”
Los adultos tendemos a intervenir demasiado pronto: les atamos los cordones, terminamos el rompecabezas, y sujetamos la torre de madera para que no se caiga. Lo hacemos con cariño, pero les robamos una experiencia indispensable.
“No me sale” es el punto de partida del pensamiento. “No me sale” da pie a la pausa, la observación y las preguntas. Un niño que siempre recibe respuesta deja de buscar pregunta. Y, poco a poco, deja de confiar en su criterio propio.
La frustración, bien acompañada, fortalece.
Pensar es probar
Los niños no aprenden a resolver problemas escuchando explicaciones largas. Aprenden manipulando, equivocándose y comparando. Primero actúan, y luego comprenden.
Cuando, en lugar de darles respuestas, les preguntamos: ¿Qué crees que pasaría si…?, ¿Y si lo intentas al revés?, o ¿Qué parte es más difícil? les ayudamos a construir pensamiento.
Resolver problemas no es memorizar instrucciones, es descubrir relaciones.
El error: un maestro silencioso
Muchos niños tienen miedo a equivocarse, sienten que fallar decepciona y ese miedo les hace dejar de intentarlo. Un niño que teme fallar, es un niño que no intenta. Y un niño que no intenta es un niño que no aprende.
El error es información: indica qué cambiar, dónde mirar, qué hacer de otra manera… Cuando les decimos “Esto no funcionó, veamos por qué”, la culpa no es del niño, no le juzgamos. Además, le estaremos quitando carga emocional al error, y se convierte en herramienta.
La seguridad en sí mismos aparece cuando fallar deja de ser peligroso.
La calma antes de la solución
No es frecuente que un problema se resuelva por pensar más rápido. A veces tenemos que calmarnos primero para poder pensar después.
Un niño enfadado, cansado o avergonzado no puede razonar. Su cerebro está centrado en defenderse, no en comprender. Antes de enseñarle estrategias podemos ofrecerle regulación: parar, respirar, nombrar la emoción.
Cuando la emoción baja, la mente se abre. Aprender a calmarse es esencial para aprender a resolver.
Acompañar
Ayudar a un niño no es hacerlo por él, es estar cerca mientras lo intenta. Podemos observar, validar, orientar, pero no invadir, y ese equilibrio es delicado.
Si intervenimos en exceso, el niño depende de nosotros, si lo dejamos solo se puede bloquear. Entre ambos extremos está el aprendizaje.
Una habilidad para toda la vida
Resolver problemas en la infancia es útil para exámenes, sí. Pero también prepara para futuras amistades, decisiones, conflictos y cambios.
Un niño que aprende a pensar soluciones aprende de paso a tolerar la incertidumbre. Y, al tolerar la incertidumbre, se atreve a explorar el mundo: no necesita conocer todas las respuestas, necesita confiar en que es capaz de buscarlas.
Pequeños retos, grandes aprendizajes
No es necesario que les creemos ejercicios. Los problemas del día a día (abotonarse la camisa, organizar la mochila, o resolver un malentendido) ya son oportunidades de crecimiento.
Cuando les decimos “prueba”, “tómate tu tiempo”, “estoy aquí”, les estamos enseñando a confiar en sí mismos. Al fin y al cabo el objetivo no es que el niño no tenga dificultades, sino que se vea capaz de atravesarlas.
Resolver problemas no es aprender a no tropezar, es aprender a levantarse desde la curiosidad. Y es precisamente ese aprendizaje, paciente y cotidiano, el que sienta las bases de su futura autonomía.