0

Cuando el miedo no se ve: acompañar las preocupaciones de los niños

Cuando el miedo no se ve: acompañar las preocupaciones de los niñosAlgunos miedos no se notan. Hay niños que no lloran, no gritan, o que se esconden detrás de una pregunta repetitiva antes de dormir, de una barriga que duele sin motivo aparente, o de un “no quiero ir” que para nosotros no tiene sentido. Así son los miedos infantiles que muchos adultos no logramos reconocer, pero que pesan.

Los niños sienten miedo igual que los adultos, aunque no siempre tienen las palabras para explicarlo. Temen la oscuridad, equivocarse, quedarse solos, que algo malo ocurra… Temen perder el amor de quienes les cuidan. Cuando sus miedos no encuentran un lugar donde expresarse se convierten en ansiedad, en enfado, en silencio.

Acompañar los miedos de nuestros hijos no significa eliminarnos, significa estar a su lado.

 El error de querer “arreglar” lo que siente un niño

 “No te preocupes”, “no pasa nada”, “no tienes por qué tener miedo”. Se lo decimos desde el amor y el deseo de proteger, pero el mensaje que le llega es que lo que siente no es válido.

Cuando un adulto intenta disipar el miedo con lógica, el niño aprende algo peligroso: sus emociones son exageradas, o incluso incorrectas. Entonces deja de compartirlas.

Joanna Faber y Julie King nos recuerdan algo indispensable: antes de enseñar cómo se gestiona un miedo hay que reconocerlo, nombrarlo, validarlo. Podemos decirles con palabras sencillas: “Entiendo que te asuste.”, “Veo que estás preocupado.”, “Tiene sentido que te sientas así.” Sentirse comprendido no elimina su miedo, pero lo hace más liviano.

Escuchar sin interrumpir ni juzgar

Los niños no siempre necesitan soluciones. En ocasiones necesitan un espacio en el que decir qué les preocupa, aunque sea confuso, repetitivo o nos parezca exagerado.

Cuando un adulto escucha sin corregir, sin minimizar, sin apresurarse a dar respuestas, ocurre algo maravilloso: el niño empieza a poner orden en su mundo interior. El miedo, que parecía inmenso, encuentra palabras. Y lo que tiene palabras duele menos.

Escuchar es un acto activo, es mirar a los ojos, asentir, repetir lo que dice para demostrar que lo entendemos. La escucha activa es transmitir sin discursos “Estoy aquí. Puedes contar conmigo.”

Dar herramientas, no imposiciones

 Gestionar los miedos infantiles no es obligar a un niño a ser valiente, es ofrecerle recursos, es preguntar: “¿Qué crees que te ayudaría?”, ¿Qué podemos hacer juntos cuando aparece ese miedo?”. Hay niños que necesitan dibujar lo que les preocupa. Otros necesitan imaginar finales alternativos. Otros, simplemente necesitan saber que un adulto está cerca. La clave está en invitar, no en imponer.

La autonomía emocional crece cuando el niño siente que participa en la solución.

El poder de la conexión diaria

No son necesarias grandes conversaciones. Acompañar emocionalmente es compartir pequeños momentos: la rutina antes de irse a la cama, el trayecto al colegio, las comidas en familia…

Cuando un niño sabe que puede hablar de lo que siente sin ser juzgado, aprende algo importante: las emociones no son enemigas, son señales.

Una seguridad que se aprende en casa

 Los miedos no desaparecen de un día para otro, pero si un niño se siente visto, escuchado y respetado, aprende a atravesarlos con más confianza.

Acompañarle no es evitar su dolor, es enseñarle que no tiene que enfrentarlo solo. Y cada vez que validamos su emoción, que le escuchamos sin minimizar, que se queda con nosotros cuando sería más fácil ocultarse, estamos despertando su seguridad emocional. Esa seguridad, silenciosa y constante, es uno de los mayores regalos que podemos hacerle a un niño.

Los miedos no definen su infancia. La forma en que los acompañamos sí.

 Programa Recurra-Ginso

FacebooktwitterFacebooktwitter

Ana Bennasar Cuartero

Alumna de prácticas en la Clínica. Cursando 4º de Psicología en la Universidad Europea de Valencia.

Deja una respuesta