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Salud Mental: La terminología y sus consecuencias

Salud mental, que de una manera amplia podemos llamar sufrimiento humano.Después de algún tiempo trabajando en Psiquiatría y Salud Mental, nos percatamos de que nuestra actividad profesional se venía desarrollando en un ámbito de los problemas de salud para el que -ciertamente- la palabra que nombraba la especialización médica para la que nos habíamos formado (Psiquiatría), resultaba problemática. En su vertiente clínica, la psiquiatría como disciplina se quedaba corta o desajustada al pretender dar nombre al conjunto de conocimientos, entrenamientos diversos, ámbitos asistenciales, etc. Nos generaba, en fin, cierto conflicto, que se vió aliviado al conocer el añadido terminológico que iba ganando presencia creciente con los años, Salud Mental (Psiquiatría y Salud Mental) que nos pareció venía a completar y de alguna manera resolver aquel problema.

Sin embargo, posteriormente y en el momento actual nos preguntamos por la Salud Mental, y de nuevo nos encontramos con dificultades.

Porque ¿Qué es la Salud Mental?

Si dejamos de lado definiciones de diccionario u otras que podamos encontrar en altas instituciones políticas (OMS, etc), o aquellos usos que pretendan identificar un ámbito programático formativo o profesional para terapeutas, (psicólogos, psiquiatras, sanitarios afines) podríamos atrevernos a pensar que de manera específica la salud mental no existe, o al menos no podemos referirnos a ella del mismo modo que lo hacemos sobre la salud hepática o cardiovascular. Sabemos que al margen de jocosidades como que “todos estamos un poco locos” lo cierto es que costaría encontrar alguien que no tenga o haya tenido algún problema subsidiario de ser enmarcado en el ámbito de “lo mental”.

En este sentido, podríamos estar de acuerdo en que quizás nos orientemos mejor buscando el reverso de este término (salud mental) mucho más real, y que de una manera amplia podemos llamar sufrimiento humano. Sí, amplia y ambigua en principio, pero    -con método- posible de aprehender e identificar. Y aunque, como asegura Kate Millett, todo lo personal (y profesional) es político, nuestro ámbito metodológico y tecnológico se aplica en lo singular.

Si el sufrimiento es inherente a la condición humana, más aún cuando las sociedades son más avanzadas, (nos recodaba hace casi un siglo en El malestar en la cultura aquel gran pensador sobre el sufrimiento humano que fue Sigmund Freud) y nos dedicamos profesionalmente al estudio y tratamiento de los problemas de salud mental, debemos acotar hasta donde se pueda el sufrimiento humano al sufrimiento mental, y por ahí podríamos comenzar a identificar algo de la esencia de nuestra tarea.

Lo cierto es que costaría encontrar alguien que no tenga o haya tenido algún problema subsidiario de ser enmarcado en el ámbito de “lo mental”.

El artículo editorial del último número de la Revista de la Asociación Española de Psiquiatría del niño y del adolescente, titulado La función diagnóstica en salud mental infantil ¿Estamos patologizando el sufrimiento propio de la experiencia humana? resulta muy oportuno para esta breve reflexión. Pregunta retórica, ya que nos conduce a un “por supuesto”, siempre que subrayemos el término patologizando (psiquiatrización, medicalización).

Las preocupaciones,  insatisfacciones, frustraciones, los conflictos íntimos o los interpersonales, las inseguridades, las limitaciones y dificultades, que experimenta el ser humano, o las dudas que tantas madres y padres pueden llegar a tener para sopesar el alcance de algunos comportamientos de sus hijos que comienzan a resultarles problemáticos y de difícil manejo, ¿deben dejarse estar?, Estas personas que sufren debemos abandonarlas a su suerte, pensando “bueno, la vida es así…” , “esto no son patologías…”, “ya se les pasará…”(o no). Lo cierto es que la mayor parte de las veces resulta innegable que tenemos un problema de salud mental. Insistimos, un problema de salud mental.

Si son patologías (trastornos? enfermedades?) o no, ya lo veremos, lo que seguro existe en principio es sufrimiento mental. Tenemos un problema de salud mental. Y aquí, de partida la cuestión clave en nuestro trabajo consiste en escuchar ese sufrimiento e identificar el problema. A continuación, desarrollar una formulación diagnóstica del mismo, que no es lo mismo que un diagnóstico (de una patología).

No se trata de un simple matiz, porque esa formulación diagnóstica, todo lo amplia que resulte necesario, no es un etiquetado diagnóstico. Claro que esa formulación diagnóstica, puede incorporar un Trastorno de los que aparecen registrados en alguno de los manuales nosográficos al uso, como un elemento más integrante de la misma. Pero no es solo eso.

La cuestión sería como reconocer y definir el problema de salud mental que padece la persona que nos solicita ayuda, sin patologizar.

La cuestión sería como reconocer y definir el problema de salud mental que padece la persona que nos solicita ayuda, sin patologizar. Y ¿por qué este empeño en no patologizar?  Obvio. Cuando utilizamos la palabra “trastorno”, hemos entrado en un lenguaje que remite a una vieja tradición disciplinar que al menos en su vertiente nosográfica se ha venido mostrando escasamente útil, a veces perniciosa, para ayudar en determinado tipo de problemas. Trastorno, remite en el imaginario colectivo a enfermedad (enfermedad mental). Estaremos atrapados en la tradición epistemológica del pensamiento científico-natural, en el terreno de la medicina, de la búsqueda de “especies morbosas” que -de manera fallida- viene hegemonizando el discurso psiquiátrico sobre los problemas de salud mental desde hace siglos.

Conocedora de esa debilidad epistémica, la psiquiatría toma precauciones y como puede verse en la introducción al DSM III (obra de referencia inaugural de la forma actual de entender los Trastornos Mentales) habla del carácter ateórico de sus planteamientos. Lo hace precisamente cuando, hace algunas décadas, comienza a producirse un claro viraje o escoramiento hacia el modelo biologicista en salud mental. Así, todo lo que nombremos como trastorno va a ser leído como enfermedad en este enfoque reduccionista, paradójicamente tan criticado como increíblemente vigoroso.

Pero cuál es, en definitiva, el problema de ese modelo, de ese enfoque. Pues no es pequeño: su esterilidad terapéutica, particularmente para los problemas relacionales, comportamentales, psicosociales, aquellos que por su complejidad escapan a un planteamiento lineal síntoma-enfermedad-medicamento. Aunque se trate de entelequias, algunos de los llamados Trastornos Mentales, pueden beneficiarse de tratamientos psicofarmacológicos, pese a su inespecificidad, pero el buen juicio clínico debe buscar formulaciones diagnósticas y terapéuticas más integrales para la complejidad de los Problemas de Salud Mental que nos plantean las personas que solicitan nuestra ayuda.

Programa Recurra-Ginso

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Antonio Diéguez

Psiquiatra. Con treinta años de experiencia profesional, en los últimos quince ejerce actividad clínica en salud mental infanto-juvenil, en diversos ámbitos asistenciales.

2 comentarios

  1. Estimado Antonio
    Realmente, lo felicito por sus palabras!!!
    No veo, en la práctica clínica, muchos psiquiatras que piensen así.
    Agradecería enormemente poder contactarme con Ud.
    Mis respetos y saludos desde Argentina

  2. Estimada Mariana,
    Agradezco su felicitación por las breves consideraciones vertidas en el Blog de RECURRA-GINSO.
    Creo que siendo aún una clara minoría, cada vez son más los psiquiatras que vienen intentando realizar un cierto ejercicio de autocrítica aplicada a la práctica clínica, en relación con la búsqueda de otras formas de entender y abordar el sufrimiento mental.
    Pensamos que la casi aplastante hegemonía del paradigma neurobiológico, viene generando una lenta pero imparable disonancia cognitiva en bastantes profesionales, formados de inicio en la ortodoxia de esta disciplina. Y aunque aún tenemos que llevar a cabo en clínica algunos planteamientos en los que ya no creemos y a los que obliga la considerada buena praxis, la esterilidad terapéutica e incluyo el carácter yatrogénico de los mismos, puede estar removiendo los cimientos de esa psiquiatría reduccionista. En fin, espero no estar siendo demasiado optimista.
    Con afecto,

    Antonio Diéguez

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