Adolescencia y formación de identidad

Muchos “Yo” dentro de un “Mí”. Tomando distancia de la familia de origen

Hay expertos que aseguran que el vínculo entre padres e hijos empieza incluso antes de que se produzca el embarazo o de que iniciemos el proceso de adopción. Los miedos, dudas, inseguridades y esperanzas que ponemos en el que será el proyecto más importante de toda nuestra vida comienzan a marcar la forma que con el tiempo irá tomando la relación.

Todos tenemos más o menos claro que nuestros hijos pasarán por distintas fases a lo largo de su crecimiento. Encontrándose, entre otras, la de la vergüenza, la de no separarse de mamá, la del “por qué”, la del “no”, la del endiosamiento de las figuras de referencia (todos queremos ser lo que es papá, lo que es mamá o profesor/a), y la tan temida adolescencia. Por mucho que sepamos que va a llegar no deja de pillarnos por sorpresa. En todas estas fases será determinante la posición de los padres y las distintas herramientas que utilicen para abordarlas.

A lo largo de toda nuestra vida vamos tomando retazos de todo aquello que nos llevará a convertirnos en el adulto que seremos el día de mañana. Y el mejor espejo en el que podemos ver en qué persona nos estamos convirtiendo es nuestra familia.

En un primer momento de todo este proceso, iremos incorporando a nuestras características propias derivadas de nuestro carácter aspectos de la vida familiar que observamos en nuestro entorno y que en un momento dado damos como positivos y/o aceptables. De ahí que no sea extraño que compartamos equipo de fútbol, aficiones, posturas, expresiones y formas de afrontar las distintas situaciones que entre otros muchos aspectos nos identifican con nuestra familia de origen y que nos aportan una identidad familiar, un sentido de pertenencia a la misma.

La llegada de la adolescencia

Hasta aquí todo bien, ya que solemos ver reflejado en nuestros hijos aspectos compartidos y potenciados por nosotros, pero ¿qué pasa cuando el contacto con el exterior se hace más patente, cuando nuestros hijos se dan cuenta de que en el mundo hay muchas maneras de hacer las cosas? Y, lo más importante, ¿qué pasa cuando se plantean que alguna de esas otras maneras es mejor que la nuestra? Pues básicamente lo que pasa es que hemos llegado a la adolescencia, ese momento en el que todos empezamos a tomar retazos del exterior para seguir construyendo nuestra identidad y que inevitablemente chocará con parte de nuestra tradición familiar. Empezamos a crear identidad propia, marcando aquellos aspectos que nos diferencian de nuestra familia de origen.

Este es un momento en el que todo el trabajo que hemos realizado a lo largo de la crianza es sometido a examen, un examen de esos que nos ponían por sorpresa un lunes a primera hora y sin libro después de las vacaciones de Semana Santa. Todo el trabajo de vinculación, todas las herramientas con las que hemos dotado a nuestro hijo se ponen de manifiesto en un momento de enorme cambio para él/ella a todos los niveles (físico, mental, emocional, social…). E inevitablemente en un momento en el que empiezan a alzar el vuelo.

De repente, no conocemos tanto a los amigos con los que van y ellos también se encargan de que no lo hagamos reivindicando de alguna manera su espacio personal. Reivindicación que trasladan a su espacio privado en la casa (su habitación) que ya nunca volverá a ser la de un niño. En las cenas comienzan a surgir discusiones sobre ideologías políticas, movimientos sociales, respuestas gubernamentales a las crisis mundiales… Llegando a cambiar incluso el lenguaje con el que nos hablan y del que puede que no entendamos ya muchas palabras.

La identidad propia es saludable

Si en todo esto os veis identificados, quiere decir que vamos por buen camino. Porque la creación de la propia identidad diferenciada de la familiar es un síntoma inequívoco de salud y un proceso por el que todos debemos de pasar. El cómo hagamos este proceso dependerá de cómo se afrontaron los anteriores. Cuando hemos experimentado la confianza depositada en nosotros, cuando a lo largo de la infancia nuestros padres han mostrado una escucha activa, comprensiva y sin juicios, cuando el famoso “hijo/a tú vales mucho” o el “no importa el fracaso, lo que importa es seguir intentándolo”, se han ido repitiendo e instaurando no solo como expresiones sino como filosofía de vida familiar, y han ido acompañados de unos límites claros, tenemos una de las mejores cajas de herramientas para afrontar la vida que podamos tener.

Por el contrario, cuando alguno de estos aspectos no ha podido darse por diferentes situaciones familiares, por sucesos acontecidos en la vida fuera de nuestro control, porque cada uno de nuestros hijos tiene unas necesidades y un carácter de base distintos y no hemos podido/sabido ajustarnos a las diferencias, es cuando pueden surgir los mayores inconvenientes. Aquí es donde comienzan a aparecer situaciones que disfrazadas de intento de diferenciación de nuestra familia realmente son voces de alarma de un gran malestar interno que el/la adolescente no sabe expresar de otra manera que poniéndose en riesgo de muy diferentes modos: consumo de tóxicos, fugas, violencia tanto dentro como fuera de casa, relaciones disfuncionales…

Programa Recurra-Ginso

Este último caso es el de las familias que llegan a nuestro programa Recurra-Ginso, donde entendemos que todas estas situaciones de riesgo y tan preocupantes no son cosa de uno solo, sino cosa de una familia que en un momento dado ha empezado a dar muestras de que algo no va bien. A través de las conductas del adolescente nos llega una señal de alarma de un dolor más profundo que hay que tratar y que entre todos debemos sanar para ayudar a nuestros jóvenes en el difícil camino de su crecimiento personal, de poder conjugar dentro de un “Mí” como individuo diferente y completo muchos “Yo” que somos y seremos a lo largo de nuestra vida.

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Elena Gómez

Elena Gómez

Diplomada en Trabajo Social por la Universidad Complutense de Madrid. Formada como Terapeuta Familiar y Perito Social. Tras ejercer como Trabajadora Social en distintos ámbitos de intervención, inicia su trabajo con menores en conflicto en 2009 en un Centro de Reeducación y Reinserción para Menores Infractores; posteriormente se incorpora el equipo de RECURRA-GINSO, donde actualmente ejerce como Trabajadora Social.